El ejercicio en la Niñez

El cuerpo humano ha sido diseñado para moverse.
Esto se traduce a que llevar una vida activa y saludable se convierta en una necesidad, ya que produce numerosos beneficios tanto físicos como psicológicos. Algo que, lógicamente, también aplica para los niños, que necesitan de la práctica deportiva no sólo para divertirse, sino también para una mejor formación física y psíquica.

El ejercicio no solo mejora las funciones cardiovasculares contribuyendo así a una adecuada maduración del sistema músculo-esquelético y de sus habilidades psicomotoras, sino que también mejora su autoestima y potencia sus valores sociales y su relación con el entorno; como el respeto a sus compañeros, aceptar la derrota, saber ganar, esperar su turno... Adquiriendo así experiencias y habilidades para su día a día.

Si el ejercicio es acompañado de una dieta equilibrada, va a contribuir a regular el peso corporal, evitando la aparición de la obesidad, tanto en la infancia como en la vida adulta.

¿A qué llamamos actividad física?

A cualquier movimiento realizado por músculos esqueléticos, que produce un gasto de energía adicional al que nuestro organismo necesita para mantener las funciones vitales (respiración, circulación de la sangre...). Por tanto podemos considerar como una actividad física a andar, transportar un objeto, jugar al fútbol, bailar, limpiar la casa, etcétera. Cuando la actividad física se planifica, se organiza y se repite con el objetivo de mantener o mejorar la forma física le llamamos ejercicio físico.

Hoy en día la ausencia de actividad física es un problema de salud pública a nivel mundial ya que es una de las principales causas de la aparición de múltiples enfermedades no transmisibles; lo que resulta especialmente preocupante en la población infantil por la forma en la que el sedentarismo podría afectarles a largo plazo.
Los efectos del sedentarismo sobre la salud en la vida adulta, inician con los hábitos de actividad física y la denominada memoria de trabajo adquiridos en los períodos clave del desarrollo durante la infancia: la edad preescolar y primaria.

La falta de actividad física de los cuatro a los seis años tiene efectos en el desarrollo cognitivo de esos niños en el futuro, siendo más evidentes sus consecuencias al alcanzar la adolescencia generando un menor rendimiento de la memoria de trabajo: aquella que nos permite retener información mientras llevamos a cabo otras tareas, aprender, a través de la asociación del nuevo conocimiento con otro que ya conocíamos, y procesar la información en relación con experiencias pasadas almacenadas en la memoria a largo plazo.
La memoria de trabajo la utilizamos a diario para un sinfín de actividades cotidianas, como podrían ser orientarnos por las calles de una ciudad, recordar una lista de la compra, o llevar a cabo la secuencia de pasos para elaborar una receta.

En resumen, muchos de los hábitos aprendidos en la infancia tienden a consolidarse en la adolescencia y pueden llegar a convertirse en rutinas en edad adulta, por ello realizar deporte de pequeños les ayudará a seguir practicándolo y mantenerse en forma de mayores. Por lo que el niño que se aficiona al deporte desde pequeño tendrá, por tanto, una vida más sana y un mejor desarrollo físico, social y psicológico.