Coronavirus y el manejo de la culpa

Distintos estudios en pacientes contagiados por Coronavirus parecen mostrar que, en muchos de ellos, la sensación que más predomina no es el temor a morirse o pasarla mal (la mayoría de los enfermos tienen cuadros leves) sino la culpa por haberse contagiado y, sobre todo, por la posibilidad de haber trasmitido la enfermedad a familiares, amigos o compañeros de trabajo, a pesar de saber que el cuadro tiene una elevada contagiosidad por lo que nadie tendrá la certeza de no infectarse, y de no contagiar a otros, aún cumpliendo con todas las recomendaciones para evitarlo.

Por otra parte algunas personas que no han sido afectadas, pueden sentirse culpables por el malestar que el aislamiento les está generado cuando muchos ciudadanos están sufriendo mucho más que ellas. Comparamos y pensamos: “mis inconvenientes no son nada en comparación con los de otros” y eso nos puede hace sentir incómodos.

A partir de estos disparadores, nos parece oportuno hacer unos breves comentarios sobre este sentimiento tan extendido llamado: culpa.
La misma nos invade cuando transgredimos (o creemos haberlo hecho) una norma que puede ser familiar (“nuestros mandatos”), legal, cultural, ética, etc. Al percibir un conflicto entre lo que hicimos y lo que deberíamos haber hecho, nos sentimos mal.

En principio la culpa, como otros sentimientos y emociones, aparece sabiamente en nuestro organismo para cumplir una función adaptativa.
En efecto, somos seres sociales que convenimos normas que nos permiten desenvolvernos comunitariamente, por lo que es bueno tener un “semáforo”, un “sistema de alerta” que nos indique cuando trasvasamos las mismas a fin de desarrollar acciones correctivas.
En otras palabras la culpa bien entendida, “culpa positiva o sana”, es esa sensación que nos impide transgredir un código, o una vez transgredido, nos permite hacernos responsables de la situación e intentar compensarla en pos de la armonía en la convivencia. Es una forma de autorregularnos como integrantes de una sociedad.
Por lo expuesto, y en tanto no somos perfectos y por lo tanto cometemos errores, es normal sentir culpa cada tanto, siempre y cuando nos impulse a aprender de nuestras fallas e intentar repararlas. No por nada Publio Terencio nos decía: “Hombre soy, nada humano me es ajeno”.

Distinto es el caso de la culpa desadaptativa, aquella que aparece en forma persistente, exagerando el daño cometido o lo que es peor: sin relación objetiva con alguna trasgresión, como una “culpa falsa” o injustificada. A veces incluso, ante un daño real cometido, las personas implicadas ya nos perdonaron, sin embargo nosotros seguimos apegados a la situación, rumiando y dando vueltas en nuestra cabeza sin poder aceptarlo del todo, sin atrevernos a perdonarnos, para poder soltar y seguir.
Es esta culpa la que puede convertirse fácilmente en una gran fuente de estrés, ser vivida como un peso que aumenta la carga de nuestra mochila, afectando nuestra calidad de vida, impidiéndonos disfrutar con plenitud situaciones placenteras.
En este caso, quizás lo primero sería revisar nuestro código interno, al que respondemos cuando sentimos culpa, porque tal vez estemos manejándonos en función de normas demasiado rígidas y exigentes, difíciles de sostener y que nos impiden convivir bien con nosotros mismos.

Como conclusión, no es el sentimiento en sí el que genera sufrimiento, sino su exceso o persistencia. El desafío está en poder permitirnos cuestionar y relativizar nuestro sistema de creencias, valores y normas en pos de encontrar un equilibrio que permita sostener nuestra coherencia interna sin llegar a afectar nuestro bienestar.

Te dejamos un link para ahondar un poco más sobre este tema y te invitamos a leer la segunda parte de esta nota, en donde desarrollaremos algunas estrategias que nos pueden servir para calibrar mejor este sentimiento.

https://www.youtube.com/watch?v=UwWbbcQhMYI