El herpes zóster, más conocido como “culebrilla”, es una enfermedad causada por la reactivación del mismo virus que produce la varicela. En condiciones normales, el sistema inmunológico lo mantiene bajo control, por lo que puede permanecer inactivo en el organismo durante años o incluso no volver a activarse.
Sin embargo, cuando las defensas disminuyen por estrés, envejecimiento, determinadas enfermedades o por tratamientos que afectan el sistema inmunológico, aumenta el riesgo de que el virus se reactive y provoque la aparición de herpes zóster.
¿Cuáles son los síntomas?
El dolor suele ser uno de los primeros signos de herpes zóster. También puede manifestarse como una sensación de ardor, picazón, hormigueo o sensibilidad en una zona específica del cuerpo. Al comienzo puede confundirse con un dolor muscular, articular o una molestia localizada, ya que la erupción característica suele aparecer recién unos días después. Cuando lo hace, se manifiesta con pequeñas ampollas agrupadas, generalmente de un solo lado del cuerpo o del rostro.
La mayoría de los casos evoluciona favorablemente con tratamiento médico. Sin embargo, algunas personas pueden experimentar dolor persistente o desarrollar complicaciones que requieren atención especializada.
¿Quiénes tienen mayor riesgo?
Si bien todas las personas que hayan tenido varicela pueden desarrollar este tipo de herpes, el riesgo es mayor en quienes tienen enfermedades crónicas o reciben tratamientos que afectan el funcionamiento del sistema inmunológico.
Entre ellos se encuentran personas con VIH, quienes recibieron o esperan un trasplante de órgano o de médula ósea, pacientes con enfermedades oncológicas o autoinmunes que requieren tratamientos con inmunosupresores y quienes reciben medicamentos biológicos.
En estos casos, conversar con el médico sobre las medidas de prevención cobra especial importancia.
La vacunación como forma de prevención
Actualmente existe una vacuna recombinante e inactivada contra el herpes zóster, que ha demostrado una elevada eficacia para reducir el riesgo de desarrollar la enfermedad y algunas de sus complicaciones.
La indicación debe definirse de manera individual junto al médico, que tendrá en cuenta la edad, los antecedentes de salud, las enfermedades preexistentes, los tratamientos en curso y el estado del sistema inmunológico.
Incluso quienes ya tuvieron un episodio de herpes zóster también deben hacer una consulta médica para evaluar si la vacunación resulta conveniente en su situación particular.
El esquema habitual de vacunación consiste en dos dosis aplicadas por vía intramuscular, con un intervalo de entre dos y seis meses. En personas con inmunocompromiso puede indicarse un cronograma diferente según criterio médico.
La prevención empieza con información
Aunque el herpes zóster puede aparecer muchos años después de haber tenido varicela, conocer los factores de riesgo y conversar con el médico sobre las medidas de prevención puede ayudar a reducir la posibilidad de desarrollar la enfermedad y sus complicaciones.
Te recomendamos leer más notas sobre salud y prevención en nuestro blog BienEstar. También te invitamos a seguirnos por Instagram y Facebook.


